martes, 16 de junio de 2015

Mi primer trabajo como becario

Cuando en los primeros años de los 90 salí al mundo laboral no había trabajo para nadie y las empresas se divertían con peticiones imposibles como exigir idiomas, experiencia y juventud, algo que sólo las castas sociales más altas podían tener ya que la educación formal casi no tenía en cuenta el estudio de los idiomas.
En primero de carrera estábamos inscritos casi 400 alumnos pero menos de la mitad llegamos a terminar nuestros estudios de periodistas. No obstante esta escabechina, resultaba obvio que no habría medios de comunicación o gabinetes de prensa (cosa que por aquel entonces no era comunes) suficientes para todos.
Mucho menos si se tiene en cuenta que la UPV no era la única facultad de periodismo de España.
Cuando sales de la facultad no eres muy consciente de estos números. Sobre todo porque estás convencido de que tú vas a tener suerte y de que tú vas a encontrar trabajo en lo tuyo enseguida porque trasudas talento por todos los poros de la piel.
La realidad es que en mi grupo más cercano de amigos de la facultad sólo (yo y un tal Sergio) conseguimos trabajar en periodismo. Los demás que eran unos 15 se reciclaron hacia otras actividades y aunque no mantengo contacto con todos, puedo decir, después de 20 años, que a los demás les ha ido mejor.
Mi primera experiencia en prácticas (por aquel entonces no se decía becario) fue en una sucursal de Onda Cero que en esos momentos pertenecía a la ONCE.
Nada más llegar me dí cuenta de que no tenía ni puta idea y de que los cinco años que había pasado estudiando no me habían preparado en absoluto para lo que era necesario saber para trabajar en una radio.
Milagrosamente me puse las pilas y metí más horas que las lámparas. Además de colaborar en la realización de los informativos me ofrecí voluntario para colaborar en los diferentes programas.
Iba sólo a cubrir la información, no como ahora que parece que los becarios tienen que ir acompañando a un redactor. Recuerdo que un día (creo que fue en la primera semana) me pidieron que entrara en directo desde la universidad. Casi me da un pampurrio. Busqué una cabina de teléfonos
, porque por aquel entonces no había móviles y  conseguí articular palabra no obstante los nervios y creo que la cosa no quedó mal ya que me felicitaron.
Como pago me dieron los billetes del autobús (no dinero para el autobús sino los mismos billetes) así estuve varios meses hasta octubre. El director, con apellido de árbol frutal, estaba encantado conmigo y me prometió que conseguiría que Madrid me hiciera un contrato.
Fue el día más feliz de mi vida.
Pero pasaron los días y en vez de a mí contrataron a una chica con una minusvalía cosa que me rompió el corazón.
Ahí tenía que haber comprendido que a las empresas más que la dedicación, el entusiasmo o la profesionalidad les interesa ahorrarse unas perrillas.
Estuve buscando trabajo en otros medios de la ciudad pero no había NADA DE NADA.
Así que con el impulso de la decepción decidí cubrir la laguna que tenía con los idiomas, hice la maleta y me fui a Inglaterra.

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